¿Por qué me formé como guía Montessori?
Todo comenzó hace quince años, cuando la vida me llevó a Holanda. Allí, entre aulas y acentos distintos, impartía clases de español en el Colegio alemán de La Haya. Desde el primer día comprendí que la educación que había aprendido en la universidad no era universal. Algo no encajaba… y empecé a mirar con otros ojos, a observar, a escuchar.
Mi primer encuentro fue con la pedagogía Waldorf. Más tarde llegué a la Vrije School de Utrecht, una escuela libre donde las metodologías activas convivían de forma coherente y respetuosa. El camino continuó en Ámsterdam, entre un colegio Reggio Emilia, Hestia y la experiencia compartida con un colegio Montessori, 2Voices. Nada de aquello pasó desapercibido. Cada paso dejaba huella.
Pero hubo un instante, sencillo y revelador, que lo cambió todo. Un día, en el colegio, un niño se subió a un árbol. Nerviosa, pregunté a mi compañera qué debíamos hacer. Ella, con una calma que aún recuerdo, me respondió:
“Espera. No hagas nada. Si ha sabido subir, sabrá bajar. Observa. Y si no puede, pedirá ayuda.”
En ese silencio lleno de confianza nació una pregunta que ya no me abandonó. Quise saber más. Quise comprender. Y así decidí formarme como guía Montessori por AMI (Asociación Montessori Internacional). Un camino largo, profundo, que aún hoy sigo recorriendo.
Para mi familia y para mí, Montessori no es solo una metodología: es una forma de vivir. Un modo de acompañar a cada niño respetando su ritmo, su motivación, su proceso, sin que nadie quede atrás. En un ambiente Montessori, un niño puede dividir con seis años, trabajar con fracciones, leer con comprensión, analizar el lenguaje, crear música y arte, aprender a gestionar sus emociones y, sobre todo, conservar intacto su deseo de aprender. Su curiosidad no tiene fin.
Tras mi primera formación en Casa de Niños, cumplí un sueño: trabajar en Casa Montessori School. Allí, mis hijos vivieron sus primeros años y, aún hoy, aunque residamos en España, Casa sigue siendo su hogar durante varios meses al año.
Me siento profundamente agradecida por todo lo aprendido y por poder acompañar a los niños desde una mirada que tanto nos transforma.
Mi mayor deseo es que, como sociedad, comprendamos que Montessori no es “dejar a los niños jugar sin más”. Cuando falta conocimiento, la metodología se desvirtúa y volvemos a refugiarnos en fichas, deberes, exámenes y calificaciones, creyendo —erróneamente— que así nuestros hijos aprenden y se desarrollan. Montessori nos invita a mirar más allá, a confiar y a comprender que aprender es mucho más que medir resultados.
Con amor,
María Gracia